EL LIBRO ROJO (Y NEGRO)


EL LIBRO ROJO (Y NEGRO)
Leí por casualidad ese libro en mi adolescencia y me voló la peluca. Fue el mayor libro de terror que leí jamás, sobre todo algunos testimonios realmente fantásticos y macabros. Pero no era ficción. Creo que estaba en la biblioteca de mi casa, y que -por supuesto- no pude terminar de leer, porque era innumerable. Como casi todos los libros que leí, ese libro me cambió la vida. El libro rojo, si mal no recuerdo, estaba confundido entre novelas del Círculo de Lectores y novelas de García Márquez.
Creo que nadie lo había leído en mi casa hasta ese momento. Era uno de esos típicos libros que hay en cada casa pero que nadie lee, como por ejemplo Las venas abiertas de América Latina, porque están escritos en una prosa pesadísima- como bien señaló su autor- y además son voluminosos. Pero los niños tienen una curiosidad sin limites. 
Uno no puede volver a ser el mismo después de leer el Nunca Más. Y eso que a la primera edición le faltaron testimonios. Por eso creo yo que es un libro infinito, porque es solo una muestra y una galería del horror más bizarro. Mi mente hace todo lo posible por no recordar las imágenes. Sobre todo de las torturas, tan morbosas (ratas en vaginas, picanas en testículos y esas cosas), muchas veces ensañada sobre “perejiles", gente que cayó en la volteada por culpa de algún vecino buchón o envidioso o por las vueltas del destino sudamericano.
Esa gente jamás pudo rehacer su vida. La fabula de El Proceso de Kafka podría aplicársele muy bien a quienes después se convirtieron en fantasmas en neo-democracia. 

NUNCA MÁS
¡Y pensar que, cuando yo lo leí, los torturadores se cruzaban con sus víctimas en la panadería o caminando por la calle! Sobre todo en las provincias donde todos se conocen. Eso era (y es) la impunidad. El guaso que te arruinó la vida lo más campante comprando el pan al lado tuyo. El tipo que te violó y te picaneó. Encima, los avergonzados durante los años noventa eran las víctimas y no los verdugos, porque la política oficial los respaldaba y todo eso se replicaba y multiplicaba en los Medios y la prensa liberal.
 Imposible olvidar a esos mismos torturadores jactándose, orgullosos, de sus crímenes enfrente de sus víctimas o familiares directos de sus víctimas. Baste recordar a Aldo Rico o a Alfredo Astíz, siniestros asesinos, invitados de honor en Almorzando con Mirtha Legrand al mediodía. 

LA HISTORIA CONTINÚA
Pero no solo en nuestro país, sino en el mundo entero. Ya terminó la Guerra Fría, se acabó la excusa de "la amenaza comunista" con la que justificaron el Plan Cóndor, que promovió e instauró las dictaduras en América Latina (con el gentil apoyo de la Escuela de las Américas.) Pero la industria de la muerte por los recursos naturales (y por "nuestros intereses estratégicos en la región" según la retórica imperial) no ha cesado sino que se ha perfeccionado. Drones, "cárceles de máxima seguridad" (al margen de la ley internacional, tipo Guantánamo), "bombardeos selectivos", "Agentes Especiales", y otro montón de nombres bonitos para no decir: hipervigilancia global, mercenarios, campos de concentración y genocidios, siguen escribiendo los Nunca más de todo el globo.
Duele ver la indiferencia, cuando no el desinterés y la desinformación completa, por los casos similares de nuestra región y del mundo donde, incluso, a veces, el desastre fue (o está siendo) aún mayor. Esperemos que esta nueva conmemoración del 24 de Marzo sirva para ejercitar la memoria y para tomar conciencia de un mal que sigue afectando a todas las regiones del planeta.


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