MI ABUELA


MI ABUELA

Nos depositaron en la mano
un tercio de mi abuela.

Ya no hablaba
ni sonreía,
pero se suponía que estaba allí.

Ya no cantaba por las mañanas
ni rimaba versos.

A medida que pasaba el tiempo
nos entregaban 
menos.

Nuestra moral se iba desmoronando
junto con nuestras esperanzas.

Debíamos estar agradecidos
a pesar de todo.

Finalmente, nos tuvimos que conformar con algo:
al cabo de algunos círculos infernales

nos devolvieron
fragmentos 
de una persona que había sido radiante.

En mi familia estábamos todos a favor de la eutanasia,
pero en nuestro país eso no se estilaba.

Observamos su dolor como se observa
un plato de porcelana o una reliquia.









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